Una tarde en el cine

Nos tocaba ir al cine.

Acabó el colegio, comenzó el verano.

Es nuestra cita de temporada con un cubo de cartón lleno de palomitas dulces y unos refrescos de cola tan aguados que apenas se nota el sabor de la cola.

Ah sí, y una peli, que, por supuesto, eligen mis hijos.

Esta vez ha sido “Gru3“.

Bueno, y la estúpida tanda de anuncios de propaganda buenista previos a la película.

La peli, divertida, entretenida; hemos pasado un buen rato.

Los niños se lo han pasado bien.

Y si mis hijos se lo pasan bien, pues yo también.

Nada más que pedir.

Es genial cuando la vida está llena de este tipo de cosas sencillas y sin complicaciones.

El último viaje juntos al colegio

Hoy, Sabbath de Litha, o Solsticio de Verano en el llamado norte de esta esfera terráquea, ha sido el día elegido por la administración colectivista, siempre más lista que los demás, como último día de colegio.

Y, como el curso que viene mi hijo mayor accederá al ESO ( Enseñanza Superficial Ofuscante, o, oficialmente, Educación Secundaria Obligatoria), pues esta mañana ha sido el último viaje juntos de mis dos hijos y yo hacia el colegio.

En el autobús L79.

Mi hijo mayor ya ha sufrido los nueve años pertinentes de Educación Primaria.

A mi hijo menor todavía le quedan tres años de sufrimiento.

Al fin y al cabo, como son niños, son culpables y han sido dispuestos a cumplir la condena de la escuela.

Aquí, los colegios tienen vallas y rejas para que los niños no se escapen.

Justo como las cárceles; qué cosas, ¿no?

Al contrario, por ejemplo, del colegio al que fue Olga en la URSS, que era campo abierto sin vallas ni rejas.

Pero, eso, sólo es una anécdota.

Así que, ya está; etapa finalizada.

Por supuesto, muchos me preguntan… “Si estás tan en contra del sistema educativo, ¿cómo es que tus hijos han ido al colegio público lavacerebros?

Hay varias respuestas…

Una, que sólo soy el padre y Olga suele imponer su criterio; ya se sabe, es el poder del matriarcado.

Dos, porque prefiero que mis hijos sepan lo que es no tener libertad ahora cuando son niños para que la aprecien cuando sean adultos, como me pasó a mí.

Tres, por conveniencia pues hubiera entrado en una guerra con el estado y sus acólitos que hubiera perdido.

Cuando comenzaron mis hijos a ir al colegio les dije: “Hacedlo todo lo mejor posible y sed los mejores de vuestras clases porque así vuestros profesores os dejarán en paz. Y no repetid a nadie lo que os cuento en casa.

Y, con esta pequeña fórmula, mis hijos han sacado las mejores notas de sus clases y hemos pasado casi desapercibidos.

Los profesores en cada curso siempre nos han contado que estaban muy contentos con sus notas y actitud.

Incluso el año pasado, su tutora le puso una nota a mi hijo mayor diciéndole que no hacía falta que estudiara en el verano porque había hecho un curso genial.

La verdad, con el nivel educativo tan bajo, no ha sido nada difícil para mis hijos.

Bueno, pues me repito, etapa finalizada y ahora tenemos unos meses para prepararnos para la siguiente.

Y que todo cambie para que nada cambie, como dijo un personaje de la película “El Gatopardo“.

El lujo de la siesta

Cada vez hay menos gente que hace la siesta.

Porque hacer la siesta se ha convertido en un lujo.

Los horarios laborales no permiten al común de los mortales poder hacer su sueñecito de mediodía.

Pero como no soy un común de los mortales, hago todo lo posible para darme una cabezadita casi cada día.

Sobre todo los días laborables.

Un rato después de la comida me echo, y el gato me acompaña, por supuesto.

Hasta que suena la alarma que me indica que debo prepararme para ir a recoger a los niños del colegio.

Ah… qué descansito más agradable…

Un privilegio sólo al alcance de los que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Por cierto, una anécdota, ¿qué musica tengo programada para despertarme de la siesta?

Pues con la sintonía de la serie Dallas, pura música capitalistoide jejejé…

(Una versión algo diferente a la del vídeo, por cierto.)

Los vídeos que me gustan ver

Sí, puede sorprender a algunos, pero los vídeos que me gustan ver ahora mismo no son sobre “conspiraciones“.

Porque, básicamente, hay poco ya que me sorprenda en el tema de la búsqueda de la verdad.

Así que, miro vídeos sobre justo lo contrario, y sobre todo en inglés.

Vídeos sobre temas diferentes, vídeos que me muestran otra manera de vivir y otra manera de hacer las cosas.

Porque soy humano y nada humano me es ajeno.

Tomemos, por ejemplo, los vídeos de Casey Neistat, al que sigo desde el verano pasado.

Casey Neistat tiene ocho años menos que yo, es pro-Hillary, vendió su empresa a la CNN, es millonario, vive en Nueva York y se inventó a sí mismo proveniente de una familia desestructurada. 

Una historia vital de película, vamos.

Es decir, tiene una vida prácticamente opuesta a la mía.

¿Y por qué miro sus vídeos?

Pues porque una vez vi una peli de Hong Kong que se llamaba “El luchador novato que aprendió hasta del gato“.

¿Se entiende?

Lo peor que puede hacer uno es encasillarse y revolverse en su burbuja.

Y, en verdad, hace tiempo que tengo ganas de hacer vlogs diarios, incluso antes de descubrir los vlogs de Casey Neistat y otros como él.

Por ejemplo, también el verano pasado hice una serie corta de vídeos familiares con música que publiqué sólo en este vlog en exclusiva.

Y hace unas semanas, probé a hacer unos vídeos cortos basados en Snapchat, que dejé de hacerlos porque a Olga no les gustaron.

Sí, mi familia es la única influencia poderosa sobre mí que puede lograr que deje de hacer algo.

Pues eso, sé que la audiencia actual de mi canal de Youtube no es muy proclive a mis experimentos; es más, cada vez que hago uno se desuscriben en masa.

Pero, lo siento por ellos, porque mi canal nunca ha pretendido ser un canal “conspiranóico” y hago los vídeos que me satisfacen más, gusten o no gusten.

Como siempre he hecho aquí en este blog, también.

Y como siempre hago en todo lo que hago.

Al fin y al cabo, soy un creador multifacético que creo en múltiples plataformas.

Quizás en un par de siglos incluso me hagan un huequecito en la Wikipedia, o la loqueseapedia que haya entonces, quién sabe…

Pues eso, que me he ido por las ramas, que en cuanto me anime, sorprendo con vlogs 180 grados diferentes a los que hago ahora.

Espera lo inesperado.

La valiosa cotidianidad

Solemos no dar mucha importancia a las cosas que repetimos cada día.

Hay como un ataque contra lo aburrido, parece como si tuviéramos la obligación de estar activos en cada momento.

Pero que nadie me quite lo aburrido y cotidiano.

Porque cuanto más aburrido y cotidiano sea un día, más tranquilo es ese día.

Y no pienso cambiar por nada del mundo la tranquilidad de los días en que no pasa nada.

Esos días predecibles que siempre acaban bien.

Esos días que subimos al autobús a las 08:30 de la mañana, y nos colocamos en los mismos asientos posteriores de siempre.

Que dejo a mis hijos en el colegio a las 08:48.

Que vuelvo a casa a las 09:17 o así.

Y que el resto del día yo marco mi propio horario y mis propios quehaceres.

Y que soy consciente de que para alcanzar este lujo de aburrimiento cotidiano he tenido que luchar un montón.

Porque sé que una gran parte de la población está convencida de que no puede permitirse este lujo.

La verdad, estoy orgulloso de mis privilegios por ser el resultado de romper con todo lo que te dicen que no se puede hacer.

¿Y por qué cuento esto?

Pues porque son los últimos días de mi cotidianidad actual.

Quiera o no quiera, en pocos días se va a romper para siempre.

¡Van a soltar a mis hijos del centro de programación educacional por las “vacaciones“!

Mi mujer ya está en modo pánico.

¡¿Pero qué vamos a hacer con los niños?! – repite una y otra vez.

Mmm… Ni idea, ya se nos ocurrirá algo… – respondo yo.

Y no sólo eso, mi hijo mayor ya no volverá al mismo colegio porque el curso que viene va a acceder a la ESO ¿Enseñanza Superficial Ofuscante?

Tempus fugit, los niños crecen rápidisimamente y nosotros decrecemos casi sin darnos cuenta.

Tendremos que inventarnos una nueva cotidianidad.

Así que, muchas veces no damos la suficiente importancia a nuestra cotidianidad, pero cuando se rompe es cuando nos entra la nostalgia al recordar aquéllos días enormemente aburridos y tranquilos, y, quizás, también, felices.