Supongo que éste es el nuevo normal

Sí, no te equivocas, esta pintada pone “LAS MARIKAS MATAMOS FASCISTAS“. Y el lugar en el que ayer fotografié esta pintada fue enfrente de la Font Mágica, una zona totalmente turística de Barcelona, cercana a la Plaza España.

Hemos llegado a un punto en el que la gente tarada puede dar rienda suelta a sus estupideces y, parece que están fomentadas por ciertos políticos progresistas – lo que ya se llama izquierda regresiva por sus tendencias totalitarias y autoritarias.

Lo cierto es que me da igual la opción sexual de la gente, pero darle a eso una importancia que no tiene es otra cosa. Por otra parte, ¿sabrán estas listillas quién fue Mussolini? ¿Sabrán estas listillas qué es el fascismo? Permitidme que lo dude.

Estoy en contra del fascismo, como de cualquier otro colectivismo, pero de ahí a amenazar con matarles hay un gran trecho. Un límite que han cruzado estas marikas, como así se llaman a sí mismas – y lo escribo en femenino tal como lo han escrito, aunque me temo que hay miembros masculinos en dicho grupo.

Supongo que éste es el nuevo normal. La gilipollez al poder, porque no puedo entender cómo el Ayuntamiento de Barcelona puede permitir que hayan este tipo de pintadas en un lugar turístico como en el que están pintadas. Y cómo puede permitir que hayan amenazas de muerte de un grupo hacia otro grupo de esta manera. Creía que el matismo de los años 30 del siglo pasado había desaparecido. Pero no, parece que lo que no tenía que volver, vuelve.

Así que, así estamos. Parece que Barcelona se está convirtiendo en una ciudad irrespirable, cosa que me temo fue el plan desde el principio de la gente que se cree que tiene el poder.

Para acabar, una vez me encontré a Ada Colau, la actual alcalde de Barcelona, en una manifestación. Eran otros tiempos, cuando decía por activa y por pasiva que nunca se pasaría a la política…

El helado gigante

Este año lo he elegido de mango y vainilla

Dice Donald Trump en sus libros, algo así como: “Si vas a soñar igualmente, sueña en grande“.

Cada año que nos va bien, y este último año nos ha ido bastante bien, tengo un pequeño capricho que siemple cumplo.

Y es ir en verano a un lugar que conozco en Barcelona donde hay una heladería artesanal que vende unos cucuruchos con una bola de helado enorme de dos sabores.

Dicho establecimiento está en una zona turística céntrica.

Llevo ya más de diez años cumpliendo esta tradición personal.

Lamentablemente, en este plazo de tiempo han habido años que no pude cumplir mi celebración, porque no nos fue nada bien.

Sin embargo, este es el segundo año seguido en el que sí he podido y, además, me han acompañado mis hijos.

Y es el segundo año que, junto a mis hijos, hemos añadido una diversión a nuestra celebración.

Una diversión que a mis hijos les encanta.

Consiste en, tras comprar nuestros helados gigantes, ir paseándonos entre los turistas y disfrutar de sus rostros de sorpresa cuando ven el tamaño de nuestros cucuruchos mientras nos los comemos con deleite.

Y más, cuando pasamos cerca de otras heladerías de nombres famosos franquiciadas que, por el mismo precio o mayor, venden cucuruchos de helado más pequeños.

Así que, paseamos un rato por las zonas turísticas céntricas, tranquilamente, disfrutando del momento.

Hasta que acabamos nuestro súper-helado, y decidimos volver a casa.

Y hasta el año que viene.

Jejejé, es una de esas ventajas de ser nativos de Barcelona.

Dentro del laberinto de Horta

Es muy curioso que habiendo nacido en Barcelona haya lugares que los turistas conocen mejor que yo.

Y uno de esos lugares era el laberinto del barrio de Horta.

Era, hasta ayer.

Como Olga tuvo que ocuparse de un asunto de su madre, que ya expliqué en mi escrito de ayer, pues fuimos mis hijos y yo.

El viaje desde nuestra casa duró una hora y cuarto, minuto más, minuto menos.

FGC hasta Plaza España, y de ahí metro L3 hasta Mundet.

Cinco minutitos andando y ya llegamos.

Por cierto, el recinto está enfrente del Velódromo de Horta, que, si no recuerdo mal, fue el velódromo de los Juegos Olímpicos del ’92.

El recinto es en realidad una finca de finales del siglo XVIII.

Y, la verdad, qué genial debía de ser ser un millonario aristocrático del siglo XVIII.

Como fuimos sin consultar nada ni planearlo, resultó que había que pagar entrada, unos cinco euros los tres.

En cambio, los miércoles y domingos la entrada es gratuita.

Pero da igual, porque incluso pagando la visita vale la pena.

Es un recinto precioso.

Y nos lo pasamos fenomenal.

De verdad, me gusta el encanto, la adoración por la belleza que tenía la gente del antiguo régimen.

Esa exquisitez en el diseño y el gusto por el equilibrio con la naturaleza.

Ese clasicismo por la cultura bien entendida.

Es algo que destruyó el terrible siglo XX.

Por suerte, este lugar llegó prácticamente intacto hasta nosotros.

Y es un placer para los sentidos poder disfrutarlo.

Y no sólo para los turistas, sino también para los nativos.

Por cierto, el agua es también un elemento fundamental, con múltiple estanques, riachuelos y pequeñas cascadas distribuidos por todo el terreno.

Y dentro de los estanques vimos peces de colores, pequeños y grandes, y renacuajos, e incluso una tortuga – donde había un letrero prohibiendo que se abandonen tortugas, por cierto.

Ah… se podrá decir todo lo negativo que se quiera sobre la vieja aristocracia, pero vivir, sí que sabían vivir.

Sin duda, un lugar precioso que conocer si se visita Barcelona, y un lugar al que volveremos pronto.