Calma y tranquilidad

Mi madre me ha dicho que debería volver a escribir y publicar más libros.

Es una opción más que tengo.

Entre muchas otras.

Aunque, al escribir cada día en este blog es como si estuviera ya escribiendo un libro por capítulos.

Hace muchos años, sabiendo exactamente que se llegaría a la situación actual, comencé mi plan.

Y por ello, mientras muchos tienen pánico a perder sus trabajos, sus pensiones, sus subvenciones, sus ahorros depositados en los bancos, yo estoy en un mar de calma y tranquilidad.

Vamos, que me la suda que todo colapse, hablando en plata.

Mis ingresos proceden de fuentes externas a Cataluña y a España, y dependen de mi propio esfuerzo.

Y dispongo de dinero real físico.

Y me conozco los trucos para saltarme los obstáculos del sistema.

Además, al enfocarme en internet, puedo trabajar desde cualquier lugar del mundo en el que haya una conexión.

Y si cae internet, pues ya me inventaré otra cosa.

El haber aprendido a saber valerme por mí mismo me ha colocado en un lugar privilegiado.

Porque dependo única y exclusivamente de mí mismo.

Mí mismo, repito de nuevo para que resuene.

También, como he mencionado antes, al recibir mis ingresos del exterior me permite aumentar la riqueza local en donde vivo.

Es un asunto del que no hablo mucho, pero la mayoría de la gente a mi alrededor cobra pensiones o trabaja localmente.

Eso hace que el dinero haga un circuito cerrado y no genere nueva riqueza.

Pero yo, al generar mis ingresos desde fuera e introducirlo en el circuito local, estoy aumentando las posibilidades económicas locales.

No es mucho todavía, pero llegará un día que se notará, y bastante.

Por supuesto, los colectivistas que odian el emprendimiento hacen todo lo posible por parar el enrequecimiento.

Pero no lo lograrán.

El día que colapse el euro, y la gente como yo tengamos que poner la economía a flote con oro, veremos qué caras se les pone a los defensores de las divisas fiduciarias y de las rentas básicas.

Mientras, a comer palomitas mientras dure el espectáculo.

Aunque la situación me aburre un poco de lo sencillo que ha sido preverla.

Sin aprehensión y sin acritud.

Todo llega.

¿Ya es casi septiembre?

“Él usa wifi.”

Buf, casi no me he dado cuenta y agosto se me ha pasado como un rayo.

A ver si para el lunes que viene, o así, me reconecto de esta semipausa que me he tomado.

Pese a ella, youtube y mi red de ahorradores de oro no han parado, aunque han seguido a ritmo lento.

Ese supuesto mito de trabajar mientras uno duerme no es ningún mito, es una realidad palpable.

No sé, me ha gustado tomarme las cosas a la ligera y quizás debería seguir haciéndolo.

No sé, quizás…

Es fantástica la tranquilidad de tener las espaldas cubiertas.

(El chiste de los pájaros no tiene nada que ver, pero me ha hecho gracia.)

Por fiiiiiiin

Oh, esta noche he podido dormir.

Bueno, a las 0:59 me he despertado por dos o tres petardos, pero desde una ventana alguien ha gritado “¡Dejad de tirar petardos, coño!” – así, literalmente – y se ha escuchado un bajo “Vale…“, y ya no he escuchado más.

Aquí está el vídeo de la traca final, que ayer retransmití en directo…

Si, no hay nada como acabar fuerte, con cojones.

Ahhh…

Por fin ha vuelto la tranquilidad.

Y aquí acabo este monotema.

Mañana quién sabe de qué escribiré, pero ya no mas de estas “Fiestas del barrio“.

Ahora, a echarme una buena siesta y recuperarme.

El lujo de la siesta

Cada vez hay menos gente que hace la siesta.

Porque hacer la siesta se ha convertido en un lujo.

Los horarios laborales no permiten al común de los mortales poder hacer su sueñecito de mediodía.

Pero como no soy un común de los mortales, hago todo lo posible para darme una cabezadita casi cada día.

Sobre todo los días laborables.

Un rato después de la comida me echo, y el gato me acompaña, por supuesto.

Hasta que suena la alarma que me indica que debo prepararme para ir a recoger a los niños del colegio.

Ah… qué descansito más agradable…

Un privilegio sólo al alcance de los que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Por cierto, una anécdota, ¿qué musica tengo programada para despertarme de la siesta?

Pues con la sintonía de la serie Dallas, pura música capitalistoide jejejé…

(Una versión algo diferente a la del vídeo, por cierto.)

La valiosa cotidianidad

Solemos no dar mucha importancia a las cosas que repetimos cada día.

Hay como un ataque contra lo aburrido, parece como si tuviéramos la obligación de estar activos en cada momento.

Pero que nadie me quite lo aburrido y cotidiano.

Porque cuanto más aburrido y cotidiano sea un día, más tranquilo es ese día.

Y no pienso cambiar por nada del mundo la tranquilidad de los días en que no pasa nada.

Esos días predecibles que siempre acaban bien.

Esos días que subimos al autobús a las 08:30 de la mañana, y nos colocamos en los mismos asientos posteriores de siempre.

Que dejo a mis hijos en el colegio a las 08:48.

Que vuelvo a casa a las 09:17 o así.

Y que el resto del día yo marco mi propio horario y mis propios quehaceres.

Y que soy consciente de que para alcanzar este lujo de aburrimiento cotidiano he tenido que luchar un montón.

Porque sé que una gran parte de la población está convencida de que no puede permitirse este lujo.

La verdad, estoy orgulloso de mis privilegios por ser el resultado de romper con todo lo que te dicen que no se puede hacer.

¿Y por qué cuento esto?

Pues porque son los últimos días de mi cotidianidad actual.

Quiera o no quiera, en pocos días se va a romper para siempre.

¡Van a soltar a mis hijos del centro de programación educacional por las “vacaciones“!

Mi mujer ya está en modo pánico.

¡¿Pero qué vamos a hacer con los niños?! – repite una y otra vez.

Mmm… Ni idea, ya se nos ocurrirá algo… – respondo yo.

Y no sólo eso, mi hijo mayor ya no volverá al mismo colegio porque el curso que viene va a acceder a la ESO ¿Enseñanza Superficial Ofuscante?

Tempus fugit, los niños crecen rápidisimamente y nosotros decrecemos casi sin darnos cuenta.

Tendremos que inventarnos una nueva cotidianidad.

Así que, muchas veces no damos la suficiente importancia a nuestra cotidianidad, pero cuando se rompe es cuando nos entra la nostalgia al recordar aquéllos días enormemente aburridos y tranquilos, y, quizás, también, felices.