El lujo de la siesta

Cada vez hay menos gente que hace la siesta.

Porque hacer la siesta se ha convertido en un lujo.

Los horarios laborales no permiten al común de los mortales poder hacer su sueñecito de mediodía.

Pero como no soy un común de los mortales, hago todo lo posible para darme una cabezadita casi cada día.

Sobre todo los días laborables.

Un rato después de la comida me echo, y el gato me acompaña, por supuesto.

Hasta que suena la alarma que me indica que debo prepararme para ir a recoger a los niños del colegio.

Ah… qué descansito más agradable…

Un privilegio sólo al alcance de los que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Por cierto, una anécdota, ¿qué musica tengo programada para despertarme de la siesta?

Pues con la sintonía de la serie Dallas, pura música capitalistoide jejejé…

(Una versión algo diferente a la del vídeo, por cierto.)

A las seis y media de la mañana

Hoy a las seis y media de la mañana he estado en el tren en dirección a la ciudad donde vive mi madre porque he tenido que acompañarla a una operación de cataratas que le han hecho – todo ha salido felizmente.

Y he observado a mi alrededor a las personas que viajaban a esa hora en el tren: todas con rostros taciturnos, ropajes oscuros y con la apariencia de que no estaban haciendo nada que les gustara.

Por supuesto, no he podido evitar volver a notar cómo de privilegiado estaba en comparación: yo con mi ropa clara, rostro medio dormido pero tranquilo y actitud positiva para animar a mi madre.

Pero que nadie se lleve a engaño; mi privilegio, el hecho de que el tiempo es mío y puedo ir en tren a las seis y media de la mañana porque alguien de mi familia me necesita, no lo he conseguido por arte de magia.

Lo he conseguido porque me lo he currado, porque marqué mis objetivos en esa dirección y nunca pensé que no iba a poder conseguirlo.

Lo he conseguido porque me he empeñado en conseguirlo.

Lo he conseguido porque he estado dispuesto a hacer ciertos sacrificios y ciertos desafíos.

Lo he conseguido porque creí, y creo, en mí mismo.

Es la actitud, no la aptitud.

Y no pretendo vanagloriarme con estas palabras, sólo constatar un hecho.

Y como yo lo he conseguido, lo puede conseguir cualquiera.

Pero eso sí, cualquiera que se dé cuenta que depende de sí mismo para conseguirlo, y que tiene que actuar en pro de sus propios objetivos.

Y que tiene que esforzarse para superar sus miedos y sus dudas.

Y que tiene que marcar su propio camino, y cometer errores y aprender de ellos.

Y que no hay atajos para conseguir el privilegio de tomar posesión de su propio tiempo.

El resto, bueno, el resto piensa que es “suerte” y continuará en el tren a las seis y media de la mañana.