Supongo que éste es el nuevo normal

Sí, no te equivocas, esta pintada pone “LAS MARIKAS MATAMOS FASCISTAS“. Y el lugar en el que ayer fotografié esta pintada fue enfrente de la Font Mágica, una zona totalmente turística de Barcelona, cercana a la Plaza España.

Hemos llegado a un punto en el que la gente tarada puede dar rienda suelta a sus estupideces y, parece que están fomentadas por ciertos políticos progresistas – lo que ya se llama izquierda regresiva por sus tendencias totalitarias y autoritarias.

Lo cierto es que me da igual la opción sexual de la gente, pero darle a eso una importancia que no tiene es otra cosa. Por otra parte, ¿sabrán estas listillas quién fue Mussolini? ¿Sabrán estas listillas qué es el fascismo? Permitidme que lo dude.

Estoy en contra del fascismo, como de cualquier otro colectivismo, pero de ahí a amenazar con matarles hay un gran trecho. Un límite que han cruzado estas marikas, como así se llaman a sí mismas – y lo escribo en femenino tal como lo han escrito, aunque me temo que hay miembros masculinos en dicho grupo.

Supongo que éste es el nuevo normal. La gilipollez al poder, porque no puedo entender cómo el Ayuntamiento de Barcelona puede permitir que hayan este tipo de pintadas en un lugar turístico como en el que están pintadas. Y cómo puede permitir que hayan amenazas de muerte de un grupo hacia otro grupo de esta manera. Creía que el matismo de los años 30 del siglo pasado había desaparecido. Pero no, parece que lo que no tenía que volver, vuelve.

Así que, así estamos. Parece que Barcelona se está convirtiendo en una ciudad irrespirable, cosa que me temo fue el plan desde el principio de la gente que se cree que tiene el poder.

Para acabar, una vez me encontré a Ada Colau, la actual alcalde de Barcelona, en una manifestación. Eran otros tiempos, cuando decía por activa y por pasiva que nunca se pasaría a la política…

Una habitación con vistas

La habitación en la que han ingresado a Olga en el hospital se halla en un extremo del último piso del edificio, y las vistas están bastante bien.

De derecha a izquierda se puede ver la iglesia de Sant Baldiri, de SB, donde cada 11 de septiembre viene el President de la Gencat a rendir homenaje a Rafel de Casanova; luego, ya en L’H, se ve el edificio del hospital de Bellvitge, el hotel que tiene en su cima una forma de platillo volante; se ve la iglesia del centro de Cornellà, y, de vuelta en L’H, un par de los rascacielos de Gran Vía 2

Para finalizar, a la izquierda, se ve la qntena blanca diseñada para los JJOO del ’92 en el anillo olímpico de Montjuïc.

También podemos entretenernos viendo pasar a los trenes de los FGC junto al río Llobregat; y, más de tanto en tanto, podemos ver pasar el AVE de Renfe.

Y en los campos, he observado tractores realizando sus labores agrícolas.

No está mal, es un paisaje para entretenerse mirándolo un rato.

Tejados de L’H

Otro día más en L’H.

En la imagen, tejados vistos desde la terraza del piso en el que crecí.

Al fondo, a la derecha, se puede ver Montjuïc y la zona del Estadi Olímpic, el de las olimpiadas de 1992.

Quizás mucha gente no lo sepa, pero L’H – L’Hospitalet de Llobregat – es la segunda ciudad en población de toda Cataluña,tras Barcelona.

Y justo en la dirección de la imagen, está Barcelona, porque L’H tiene frontera directa con Barcelona.

Crecí entre el barrio de La Florida y el de Collblanch (con ‘h’ muda, que hace años desapareció de la nomenclatura oficial), excepto un año y medio que vivimos en el barrio de Bellvitge, allá en los salvajes inicios de la década de los ochenta del siglo pasado.

Ciertamente todo ha cambiado mucho desde que Olga y yo decidimos irnos a vivir juntos en el 2004.

Muchos lugares de mi niñez ya no existen.

Incluso el colegio al que fui le readaptaron la fachada y no se parece en nada a cuando yo estudiaba allí.

En aquella época, los rostros eran de andaluces y extremeños.

Hoy en día, los rostros son de dominicanos, pakistanís, marroquís y chinos.

No digo nada al respecto, es el signo de los tiempos.

Sólo que, si mi madre no viviera aún allí, pues no habría nada que me hiciera volver.

Ni la nostalgia.

Porque yo crecí de casa al colegio y del colegio a casa, así que camino por el lugar como un desconocido más.

Pero está bien, todas las vidas tienen sus circunstancias.

Y, la verdad, no puedo quejarme de las mías.

Más ahora, cuando ya he cumplido una gran parte de mis deseos de juventud.

Ahora vamos para bingo.