Cosas que soy incapaz de entender

Hoy he visitado a mi madre y a mi hermano en L’H.

A la vuelta, en el camino al metro, me he fijado en varios carteles.

Primero, uno que animaba a celebrar el Día Nacional de Bolivia.

Curioso.

Luego, he visto otro que animaba a celebrar el Día Nacional de Colombia.

Curioso también.

Y, para finalizar, otro cartel que animaba a celebrar el Día Nacional de Ecuador.

Vaya… cuánta curiosidad en tan pocos metros.

Esto… ¿eso significa que cuando me vaya algún tiempo a vivir fuera de Cataluña debería celebrar la Diada Nacional de l’Onze de Setembre?

Porque, vamos a ver, si uno se ha ido de un lugar a otro será por algún motivo, ¿no?

¿Será porque busca un lugar mejor para vivir que en donde se crió?

Por supuesto, ese objetivo es totalmente loable.

Lo que no acabo de entender es por qué hay que seguir celebrando las fiestas y costumbres del lugar de procedencia.

¿Qué sentido tiene?

Quiero decir, si uno ama tanto tantísimo a su país, y es tan hermoso y genial, ¿por qué marcharse a otros lares?

Si me fuera a vivir a Madrid, por ejemplo, al país vecino – lo digo para trolear, jejejé –  ¿debería bailar sardanas junto al Manzanares, si ni siquiera lo hago aquí?

¿No tendría más sentido adaptarme a las costumbres de mi nuevo lugar de residencia?

¿Quizás admirar las fiestas de San Isidro?

No lo sé, de verdad, soy incapaz de comprender el concepto de patriotismo de aquí, de allá y de todas partes.

Bueno, es una reflexión como cualquier otra.

Un poco de controversia para ejercitar neuronas

Acabo de ver que en Madrid van a celebrar por todo lo alto el desfile del “Orgullo Gay”, apoyado desde el nuevo ayuntamiento.

La verdad es que me da igual.

Como me dio igual el desfile de los “Jóvenes Católicos” hace unos años, también en dicha ciudad.

Es más, ¿por qué no celebran el desfile del “Orgullo Gay de los Jóvenes Católicos”?

¿Sabes qué pasa?

Es la dialéctica de Hegel en acción: tesis, antítesis y síntesis.

La idea de la existencia de la derecha y la izquierda en política es mantener un enfrentamiento constante y perdurable para dividir la sociedad en bandos enfrentados.

No hay nunca en ningún gobierno interés de administrar en el sentido de lo que podríamos llamar “interés general” o “bien común”.

Siempre se legisla en favor de los amigos y en contra de los enemigos.

Y, mientras la población está entretenida en estas minucias, la corporatocracia incuestionable sigue haciendo de las suyas.

Venga niños, seguid con la diversión y exaltad vuestras banalidades, tan banales como las de la acera de enfrente.

Siguen sin representarnos.

Aunque bueno, los adultos no necesitamos representantes, somos responsables de nosotros mismos.