El barrio del que siempre quise huir

El barrio del que siempre quise huir, y lo conseguí. Aunque el barrio en el que pervivo ahora no es mucho mejor.

Crecí en un lugar que siempre odié y del que siempre quise escapar. Y es la razón principal de mi aislacionismo social. Porque su ambiente ha sido siempre tan degradado que nunca quise encontrar ‘amistades’ para mancharme lo menos posible.

Crecí viviendo en mi propio mundo, aprovechando que el piso alquilado por mis padres era un sobreático sin vecinos. Porque, también, en sus calles no había lugar para juegos infantiles. Tenía que irme al barrio de al lado, Collblanch, al parque de la Marquesa, si quería poder tener espacio para jugar con otros niños. O al descampado del Borne, que ya no existe, donde hoy han construido bloques, y está el instituto Margarida Xirgú. Era otra época, claro.

Nunca entendí cómo mis padres, pudiendo vivir en otro lugar, acabaron en ese fatídico lugar, en el que todavía vive mi madre. Para mí fue siempre un hecho incomprensible, y estuve resentido por ello durante toda mi infancia y juventud. Y, aunque logré por fin huir, todavía vuelvo a visitar a mi madre. Es como un círculo vicioso que atrapa sin posibilidad de escape.

Y es de este barrio que procede mi concepto de ‘crónicas subterráneas’, una descripción de la gente que respiramos pero no existimos. De la gente que nunca importamos. Lo que ocurre en ese lugar apenas tiene repercusión fuera.

Y es de este barrio que mis poemas de juventud salieron como salieron. Sin ningún tipo de esperanza ni de salida.

Pero, sin embargo, gracias a mi mujer, en abril de 2004, logré huir. Sin ruído, por la puerta de atrás y sin que (casi) nadie lo supiera. Estuve, pero como si no estuve. A veces miro atrás y miro a mi alrededor, como aliviado, me digo, “este lugar es feo, pero es que, el lugar del que provengo es muchísimo peor”. A veces, me decía, “quisiera tener enemigos para obligarles a vivir ahí”.

En fin, en fin, en fin. Que los recuerdos amargos no sirven de nada recordarlos. Pero marcan la vida, ahí se quedan, sin poder borrarlos.

Ahora, tengo un nuevo objetivo, que es largarme lo antes posible de Cataluña. Pero, pero, pero… No me veo ningún futuro para lograrlo. Justo lo que me sucedía cuando crecía en La Florida, y lo conseguí. Ya veremos esta vez.

La peli que más aman las feministoides

Por supuesto, el título lo he escrito con sarcasmo. Me refiero a la película estadounidense “Siete novias para siete hermanos”.

El argumento es bastante sencillo: un macho humano baja de las montañas para encontrar a una hembra humana con la que aparearse y crear una familia. Y lo consigue en unas pocas horas. Pasa el tiempo y sus seis hermanos deciden que quieren hacer lo mismo. Así que bajan al pueblo y secuestran a seis hembras que les gustan. Y el lío está servido.

Recuerdo que de niño un familiar mío me llevó a ver esta película en uno de los cines de barrio que todavía existían en L’Hospitalet de Llobregat. Esos de doble sesión en los que se podía ver la misma película varias veces con la misma entrada.

Es una película muy natural, aunque rodada toda en interiores con paisajes pintados, allá en los años ’50 del siglo pasado, cuando nadie se hubiera imaginado el nivel histriónico de la estupidez a la que se ha llegado actualmente. Incluso en Hollywood.

Tiene canciones bonitas:

Y excelentes coreografías:

Siete novias para siete hermanos” es una película entretenida de sábado por la tarde para disfrutar del arte cinematográfico que sabían hacer en otras épocas donde la gente se complicaba menos la vida.

Bueno, si eres una feministoide, pues no la veas.

13 Años

Hoy hace ya 13 años que Olga y yo nos montamos en el metro, fuimos a los ahora antiguos juzgados de L’Hospitalet y nos casamos.

Una vez escribí un post sobre cómo acabamos el día de nuestra boda en el hospital de Bellvitge por culpa de mi abuela. A ver si lo encuentro entre los backups y lo republico aquí.

Nunca tuvimos viaje de luna de miel, pero nuestro décimo aniversario lo pasamos en París. En este vídeo explico cómo lo conseguí…

Quién nos hubiera dicho que superaríamos juntos tantas visicitudes, tendríamos dos hijos y pasaríamos el decimotercer aniversario con Olga ingresada en el hospital.

Pese a todo, todavía nos quedan muchos años juntos por delante, y lo mejor está llegando ya.

Veremos qué gran diferencia tendremos dentro de 13 años.

Actualización 20:46 – Han dado de alta a Olga y acabamos de llegar a casa.

En tranvía

Entre las varias combinaciones para viajar entre SB y L’H está la de bajarse del tren de los FGC en Cornellá, caminar unos 10 minutos y subirse al tranvía.

Es una opción para los viajes sin prisa, y en los que queremos disfrutar del paisaje urbano.

Y en un domingo caluroso como éste ha sido una buena idea.

Porque mis hijos se han entretenido al romper la monotonía de los negros túneles del tren y del metro.

Y eso ha permitido un viaje tranquilo, que es de lo que se trata.

Es curioso cómo de diferentes se ven las opciones disponibles cuando se tienen​ hijos.

Para la vuelta tomaremos la línea L9 y luego haremos transbordo para montarnos en los FGC.

Ya digo, cuando se viaja sin prisa, las combinaciones son múltiples.

Éste es un aspecto que no está nada mal del cinturón de Barcelona.

Los cientificoides son unos creídos

En 50 minutos nadie se ha atrevido a dar “me gusta” a mi foto. Parece ser que mi comentario es demasiado “fuerte” para las mentes programadas. Eso es lo que pasa cuando se describe la realidad sin usar la neolengua.

Pero la realidad sigue estando ahí, delante de nuestras narices, aunque nos neguemos a verla.