Una habitación con vistas

La habitación en la que han ingresado a Olga en el hospital se halla en un extremo del último piso del edificio, y las vistas están bastante bien.

De derecha a izquierda se puede ver la iglesia de Sant Baldiri, de SB, donde cada 11 de septiembre viene el President de la Gencat a rendir homenaje a Rafel de Casanova; luego, ya en L’H, se ve el edificio del hospital de Bellvitge, el hotel que tiene en su cima una forma de platillo volante; se ve la iglesia del centro de Cornellà, y, de vuelta en L’H, un par de los rascacielos de Gran Vía 2

Para finalizar, a la izquierda, se ve la qntena blanca diseñada para los JJOO del ’92 en el anillo olímpico de Montjuïc.

También podemos entretenernos viendo pasar a los trenes de los FGC junto al río Llobregat; y, más de tanto en tanto, podemos ver pasar el AVE de Renfe.

Y en los campos, he observado tractores realizando sus labores agrícolas.

No está mal, es un paisaje para entretenerse mirándolo un rato.

Cosas que soy incapaz de entender

Hoy he visitado a mi madre y a mi hermano en L’H.

A la vuelta, en el camino al metro, me he fijado en varios carteles.

Primero, uno que animaba a celebrar el Día Nacional de Bolivia.

Curioso.

Luego, he visto otro que animaba a celebrar el Día Nacional de Colombia.

Curioso también.

Y, para finalizar, otro cartel que animaba a celebrar el Día Nacional de Ecuador.

Vaya… cuánta curiosidad en tan pocos metros.

Esto… ¿eso significa que cuando me vaya algún tiempo a vivir fuera de Cataluña debería celebrar la Diada Nacional de l’Onze de Setembre?

Porque, vamos a ver, si uno se ha ido de un lugar a otro será por algún motivo, ¿no?

¿Será porque busca un lugar mejor para vivir que en donde se crió?

Por supuesto, ese objetivo es totalmente loable.

Lo que no acabo de entender es por qué hay que seguir celebrando las fiestas y costumbres del lugar de procedencia.

¿Qué sentido tiene?

Quiero decir, si uno ama tanto tantísimo a su país, y es tan hermoso y genial, ¿por qué marcharse a otros lares?

Si me fuera a vivir a Madrid, por ejemplo, al país vecino – lo digo para trolear, jejejé –  ¿debería bailar sardanas junto al Manzanares, si ni siquiera lo hago aquí?

¿No tendría más sentido adaptarme a las costumbres de mi nuevo lugar de residencia?

¿Quizás admirar las fiestas de San Isidro?

No lo sé, de verdad, soy incapaz de comprender el concepto de patriotismo de aquí, de allá y de todas partes.

Bueno, es una reflexión como cualquier otra.

Obsoletos

Tenía unos dieciocho años cuando un amigo del instituto de secundaria al que fui en L’H, Instituto Vilumara, y yo nos preguntábamos cómo seríamos nosotros y la música cuando fuéramos cuarentones.

Mientras hacíamos bromas sobre los cuarentones de entonces que sólo escuchaban discos de vinilo de los 60’s y 70’s del siglo pasado.

Nosotros escuchábamos la música en esos cd’s de música de tecnología punta digital.

Era 1991, el año en el que murió Freddy Mercury, nombre ficticio de un natal de Zanzíbar de origen indio.

Ese amigo y yo apenas nos vemos ya, y cuando nos encontramos apenas coincidimos en nada.

Son cosas de la vida, ambos tenemos cuarentaycuatro años, pero yo estoy casado con dos hijos y él todavía vive en casa de sus padres.

Bueno, sin dar más vueltas, pues resulta que por fin recuperé mis discos de cd musicales que tenía guardados todavía en casa de mi madre.

Y resulta que fui a escucharlos en la  ps4 de mis hijos.

Y… resulta que la ps4 no los reconocía.

Qué raro me dije, porque comprobé que los cd’s no estuvieran rayados ni nada.

Los cd’s estaban perfectos.

Así pues, enchufé una ps2, que me compré el año pasado de segunda mano por 25€, y puse uno de mis cd’s y… funcionaba de maravilla.

Entonces, ¿qué pasa con la ps4, tan moderna que es?

Pues eso, que es moderna.

Busqué en la red qué aplicación de la ps4 reproduce los cd’s de música y me encontré que no había.

Me encontré en los foros a jovencitos millenials mofándose de los que buscaban cómo reproducir sus cd’s de música, porque eso de los cd’s de música es algo…

Obsoleto.

Que sí, que los cd’s de música están pasados de moda y que hay que ripearlos para poder escucharlos desde el disco duro o desde una memoria usb.

Bien, pues he aquí la respuesta que buscábamos mi amigo y yo hace ventiséis años: los cuarentones estamos obsoletos.

Lo estaban entonces, lo estamos ahora y lo estarán mañana.

Así funciona esta sociedad del consumo rápido de lo siempre nuevo.

La experiencia es un demérito.

Pues tengo pensado, un día de estos, comprarme un toca-vinilos, como digo yo, y me pondré a escuchar los discos que tengo que escuchaban aquellos cuarentones obsoletos de mi juventud.

Discos de vinilo que compré súper-baratos a principio de los ’90 cuando los cd’s se les impusieron y nadie los quería.

Una tecnología súper-obsoleta que ha vuelto.

Qué cosas.

Tejados de L’H

Otro día más en L’H.

En la imagen, tejados vistos desde la terraza del piso en el que crecí.

Al fondo, a la derecha, se puede ver Montjuïc y la zona del Estadi Olímpic, el de las olimpiadas de 1992.

Quizás mucha gente no lo sepa, pero L’H – L’Hospitalet de Llobregat – es la segunda ciudad en población de toda Cataluña,tras Barcelona.

Y justo en la dirección de la imagen, está Barcelona, porque L’H tiene frontera directa con Barcelona.

Crecí entre el barrio de La Florida y el de Collblanch (con ‘h’ muda, que hace años desapareció de la nomenclatura oficial), excepto un año y medio que vivimos en el barrio de Bellvitge, allá en los salvajes inicios de la década de los ochenta del siglo pasado.

Ciertamente todo ha cambiado mucho desde que Olga y yo decidimos irnos a vivir juntos en el 2004.

Muchos lugares de mi niñez ya no existen.

Incluso el colegio al que fui le readaptaron la fachada y no se parece en nada a cuando yo estudiaba allí.

En aquella época, los rostros eran de andaluces y extremeños.

Hoy en día, los rostros son de dominicanos, pakistanís, marroquís y chinos.

No digo nada al respecto, es el signo de los tiempos.

Sólo que, si mi madre no viviera aún allí, pues no habría nada que me hiciera volver.

Ni la nostalgia.

Porque yo crecí de casa al colegio y del colegio a casa, así que camino por el lugar como un desconocido más.

Pero está bien, todas las vidas tienen sus circunstancias.

Y, la verdad, no puedo quejarme de las mías.

Más ahora, cuando ya he cumplido una gran parte de mis deseos de juventud.

Ahora vamos para bingo.