Una habitación con vistas

La habitación en la que han ingresado a Olga en el hospital se halla en un extremo del último piso del edificio, y las vistas están bastante bien.

De derecha a izquierda se puede ver la iglesia de Sant Baldiri, de SB, donde cada 11 de septiembre viene el President de la Gencat a rendir homenaje a Rafel de Casanova; luego, ya en L’H, se ve el edificio del hospital de Bellvitge, el hotel que tiene en su cima una forma de platillo volante; se ve la iglesia del centro de Cornellà, y, de vuelta en L’H, un par de los rascacielos de Gran Vía 2

Para finalizar, a la izquierda, se ve la qntena blanca diseñada para los JJOO del ’92 en el anillo olímpico de Montjuïc.

También podemos entretenernos viendo pasar a los trenes de los FGC junto al río Llobregat; y, más de tanto en tanto, podemos ver pasar el AVE de Renfe.

Y en los campos, he observado tractores realizando sus labores agrícolas.

No está mal, es un paisaje para entretenerse mirándolo un rato.

La tercera recaída

En la sala de espera del hospital

Pues ha pasado lo que tenía que pasar.

Olga llevaba ya un par de semanas con los mismos síntomas que las otras dos veces, y la historia se ha repetido.

Ayer ya lo habíamos hablado porque iba a más, y como por la tarde no había habido ningún cambio, a eso de las siete hemos hecho el recorrido a urgencias.

Como ha vuelto a estar bastante débil como para caminar, la he llevado en nuestra silla de ruedas.

Menos mal que tenemos el hospital tan cerca que podemos permitirnos este tipo de miniviaje.

Y, como ya tenemos la experiencia de las anteriores ocasiones, pues ha sido como algo normal.

La han atendido en el primer contacto, luego se la han llevado a un box de observación, le han hecho pruebas y, como es ya por la noche parece ser que la pasará en el hospital a esperar si la ingresan o no.

Igual que las otras veces.

Mientras, he vuelto a casa para dar de cenar a los niños y a esperar a que Olga me llame para confirmarme que se queda.

Ya parece como una rutina anual, pero quiero y deseo que por fin se recupere y que el año que viene no vuelva a recaer.

A ver si a la tercera va la vencida, y los médicos por fin descubren qué le está pasando.

Otro día de patatas fritas

No puedo negar que me encanta que a mis hijos les encanten.

Lo cierto es no sé cocinar gran cosa.

Y no aprendí a cocinar hasta nuestra crisis familiar de finales de 2014, cuando Olga se pasó unos meses ingresada en el hospital y luego en recuperación.

Así que Olga me explicaba las recetas y yo, sin ninguna experiencia previa en mis 41 años de entonces, aprendí a cocinar.

Era eso, o mis hijos y yo íbamos a pasar hambre.

No hay mejor aprendizaje que el que proviene de la necesidad.

Y resultó que a todos les gustaron mis patatas fritas.

No es que sean muy difíciles: cortar patatas, ponerlas a freir en aceite de oliva y un poco de sal.

Así que, como mínimo una vez al mes me pongo manos a la obra, como hoy.

Y, como dije al principio, me encanta que les encanten.

De estas pequeñas cosas es de las que está lleno nuestro baúl de los recuerdos gratos.

Los cientificoides son unos creídos

En 50 minutos nadie se ha atrevido a dar “me gusta” a mi foto. Parece ser que mi comentario es demasiado “fuerte” para las mentes programadas. Eso es lo que pasa cuando se describe la realidad sin usar la neolengua.

Pero la realidad sigue estando ahí, delante de nuestras narices, aunque nos neguemos a verla.