La peor noche del año

¡Deleznable!

¡Horrible!

!Terrible!

Me estremezco en pensarlo.

No aguanto esta barbarie.

¡Otra vez noooooooo!

Ya está aquí de nuevo.

La demostración de que vivo rodeado de subindividuos de baja IQ.

¡Han vuelto las espantosas Fiestas del Barrio!

Hechas a coincidir a drede con la Nit de Sant Joan.

Y eso significa lo peor de lo peor…

Significa petardos, gritos y música ruidosa a todo volumen hasta las ¡seis de la mañana!

Y un año más he fracasado y no tenemos a donde huir porque nuestro edificio da justo enfrente del epicentro de la barbaridad!!!

¡Que los dioses de Asgard y del Olimpo nos protejan!

La gente se gasta cientos de euros en petardos para luego ir a la asistente social a exigirle que tiene derecho a todo y obligación de nada.

Lo he visto con mis propios ojos.

Esa gente subvencionada por la beneficencia que nos encontramos borracha tirada en los bancos, día sí y día también.

Esa gente subvencionada por la solidaridad que nos encontramos borracha tirada en los bancos, día sí y día también.
Es lo que uno se encuentra cuando vive en un barrio obrero.

Pero eso sí, ¡a disfrutar las fiestas del barrio!

Pues yo las odio con todo mi ser y me resguardo en casa, pero en esta vivienda con muros de papel es imposible esconderse.

Es como si estuviéramos metidos en el centro del estrepitoso ruído.

Así que, esta noche, si no pasa nada, haré una retransmisión en directo de esta… no sé que nombre ponerle

Una nota de cierre: 

No tengo nada en contra de que la gente haga su fiesta, para mí es uno de los mayores incentivos para largarme de este lugar.

Sólo que, de momento, todavía estoy en el camino; pero pronto, muy pronto…

Obsoletos

Tenía unos dieciocho años cuando un amigo del instituto de secundaria al que fui en L’H, Instituto Vilumara, y yo nos preguntábamos cómo seríamos nosotros y la música cuando fuéramos cuarentones.

Mientras hacíamos bromas sobre los cuarentones de entonces que sólo escuchaban discos de vinilo de los 60’s y 70’s del siglo pasado.

Nosotros escuchábamos la música en esos cd’s de música de tecnología punta digital.

Era 1991, el año en el que murió Freddy Mercury, nombre ficticio de un natal de Zanzíbar de origen indio.

Ese amigo y yo apenas nos vemos ya, y cuando nos encontramos apenas coincidimos en nada.

Son cosas de la vida, ambos tenemos cuarentaycuatro años, pero yo estoy casado con dos hijos y él todavía vive en casa de sus padres.

Bueno, sin dar más vueltas, pues resulta que por fin recuperé mis discos de cd musicales que tenía guardados todavía en casa de mi madre.

Y resulta que fui a escucharlos en la  ps4 de mis hijos.

Y… resulta que la ps4 no los reconocía.

Qué raro me dije, porque comprobé que los cd’s no estuvieran rayados ni nada.

Los cd’s estaban perfectos.

Así pues, enchufé una ps2, que me compré el año pasado de segunda mano por 25€, y puse uno de mis cd’s y… funcionaba de maravilla.

Entonces, ¿qué pasa con la ps4, tan moderna que es?

Pues eso, que es moderna.

Busqué en la red qué aplicación de la ps4 reproduce los cd’s de música y me encontré que no había.

Me encontré en los foros a jovencitos millenials mofándose de los que buscaban cómo reproducir sus cd’s de música, porque eso de los cd’s de música es algo…

Obsoleto.

Que sí, que los cd’s de música están pasados de moda y que hay que ripearlos para poder escucharlos desde el disco duro o desde una memoria usb.

Bien, pues he aquí la respuesta que buscábamos mi amigo y yo hace ventiséis años: los cuarentones estamos obsoletos.

Lo estaban entonces, lo estamos ahora y lo estarán mañana.

Así funciona esta sociedad del consumo rápido de lo siempre nuevo.

La experiencia es un demérito.

Pues tengo pensado, un día de estos, comprarme un toca-vinilos, como digo yo, y me pondré a escuchar los discos que tengo que escuchaban aquellos cuarentones obsoletos de mi juventud.

Discos de vinilo que compré súper-baratos a principio de los ’90 cuando los cd’s se les impusieron y nadie los quería.

Una tecnología súper-obsoleta que ha vuelto.

Qué cosas.

El último viaje juntos al colegio

Hoy, Sabbath de Litha, o Solsticio de Verano en el llamado norte de esta esfera terráquea, ha sido el día elegido por la administración colectivista, siempre más lista que los demás, como último día de colegio.

Y, como el curso que viene mi hijo mayor accederá al ESO ( Enseñanza Superficial Ofuscante, o, oficialmente, Educación Secundaria Obligatoria), pues esta mañana ha sido el último viaje juntos de mis dos hijos y yo hacia el colegio.

En el autobús L79.

Mi hijo mayor ya ha sufrido los nueve años pertinentes de Educación Primaria.

A mi hijo menor todavía le quedan tres años de sufrimiento.

Al fin y al cabo, como son niños, son culpables y han sido dispuestos a cumplir la condena de la escuela.

Aquí, los colegios tienen vallas y rejas para que los niños no se escapen.

Justo como las cárceles; qué cosas, ¿no?

Al contrario, por ejemplo, del colegio al que fue Olga en la URSS, que era campo abierto sin vallas ni rejas.

Pero, eso, sólo es una anécdota.

Así que, ya está; etapa finalizada.

Por supuesto, muchos me preguntan… «Si estás tan en contra del sistema educativo, ¿cómo es que tus hijos han ido al colegio público lavacerebros?»

Hay varias respuestas…

Una, que sólo soy el padre y Olga suele imponer su criterio; ya se sabe, es el poder del matriarcado.

Dos, porque prefiero que mis hijos sepan lo que es no tener libertad ahora cuando son niños para que la aprecien cuando sean adultos, como me pasó a mí.

Tres, por conveniencia pues hubiera entrado en una guerra con el estado y sus acólitos que hubiera perdido.

Cuando comenzaron mis hijos a ir al colegio les dije: «Hacedlo todo lo mejor posible y sed los mejores de vuestras clases porque así vuestros profesores os dejarán en paz. Y no repetid a nadie lo que os cuento en casa.»

Y, con esta pequeña fórmula, mis hijos han sacado las mejores notas de sus clases y hemos pasado casi desapercibidos.

Los profesores en cada curso siempre nos han contado que estaban muy contentos con sus notas y actitud.

Incluso el año pasado, su tutora le puso una nota a mi hijo mayor diciéndole que no hacía falta que estudiara en el verano porque había hecho un curso genial.

La verdad, con el nivel educativo tan bajo, no ha sido nada difícil para mis hijos.

Bueno, pues me repito, etapa finalizada y ahora tenemos unos meses para prepararnos para la siguiente.

Y que todo cambie para que nada cambie, como dijo un personaje de la película «El Gatopardo«.

Tejados de L’H

Otro día más en L’H.

En la imagen, tejados vistos desde la terraza del piso en el que crecí.

Al fondo, a la derecha, se puede ver Montjuïc y la zona del Estadi Olímpic, el de las olimpiadas de 1992.

Quizás mucha gente no lo sepa, pero L’H – L’Hospitalet de Llobregat – es la segunda ciudad en población de toda Cataluña,tras Barcelona.

Y justo en la dirección de la imagen, está Barcelona, porque L’H tiene frontera directa con Barcelona.

Crecí entre el barrio de La Florida y el de Collblanch (con ‘h’ muda, que hace años desapareció de la nomenclatura oficial), excepto un año y medio que vivimos en el barrio de Bellvitge, allá en los salvajes inicios de la década de los ochenta del siglo pasado.

Ciertamente todo ha cambiado mucho desde que Olga y yo decidimos irnos a vivir juntos en el 2004.

Muchos lugares de mi niñez ya no existen.

Incluso el colegio al que fui le readaptaron la fachada y no se parece en nada a cuando yo estudiaba allí.

En aquella época, los rostros eran de andaluces y extremeños.

Hoy en día, los rostros son de dominicanos, pakistanís, marroquís y chinos.

No digo nada al respecto, es el signo de los tiempos.

Sólo que, si mi madre no viviera aún allí, pues no habría nada que me hiciera volver.

Ni la nostalgia.

Porque yo crecí de casa al colegio y del colegio a casa, así que camino por el lugar como un desconocido más.

Pero está bien, todas las vidas tienen sus circunstancias.

Y, la verdad, no puedo quejarme de las mías.

Más ahora, cuando ya he cumplido una gran parte de mis deseos de juventud.

Ahora vamos para bingo.

El lujo de la siesta

Cada vez hay menos gente que hace la siesta.

Porque hacer la siesta se ha convertido en un lujo.

Los horarios laborales no permiten al común de los mortales poder hacer su sueñecito de mediodía.

Pero como no soy un común de los mortales, hago todo lo posible para darme una cabezadita casi cada día.

Sobre todo los días laborables.

Un rato después de la comida me echo, y el gato me acompaña, por supuesto.

Hasta que suena la alarma que me indica que debo prepararme para ir a recoger a los niños del colegio.

Ah… qué descansito más agradable…

Un privilegio sólo al alcance de los que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Por cierto, una anécdota, ¿qué musica tengo programada para despertarme de la siesta?

Pues con la sintonía de la serie Dallas, pura música capitalistoide jejejé…

(Una versión algo diferente a la del vídeo, por cierto.)