Estas cosas no hay que decirlas porque quedan mal

Gracias al ‘agujero en la mátrix’ que me ha permitido fabricar divisas fiduciarias de la nada como si fuera un banco central, este último año he pasado de la clase subterránea a la clase baja y he logrado superar esta crisis inducida del virus chino de fábula, sin casi ni tener que esforzarme. Sin duda, ha sido uno de los mejores años de mi vida.

Por supuesto, pronto se me acabará el chollo, porque no puede ser de otra manera, y caeré de nuevo a la clase subterránea y volverán mis problemas habituales, incluso peores y definitivos, pero como se dice, que me quiten lo bailao.

He logrado ser un vago y un hikikomori financiándome a mí mismo, con mis propias reservas basadas en la especulación, sin parasitar a nadie ni depender de papá estado. Porque sí se puede.

Ha sido como un experimento que ha salido bien. ¿Cómo lo he hecho? Todavía no es el momento de entrar en detalles.

Sólo quería dejarlo escrito para constatar este hecho y vanagloriarme. Los que me odian, que sufran.

Y lo vuelvo a repetir: el cemento no es progreso