¿Quién sobrevivirá?

Me pongo a escribir algo porque me he encontrado esta mañana con algo que no me esperaba, que, si se confirma, me hunde todos mis planes de salir adelante.

Sí, es así de grave, y va a der un duro golpe que me va a hacer volver al 2013, si se confirma.

Ya no creo en casualidades, si esto se confirma, acabaré de convencerme que hay un grupo de hdp’s que disfrutan confabulando contra mí.

Es que, estadísticamente, matemáticamente, es casi imposible.

No puede ser ni coincidencia ni mala suerte.

Estoy autoconvenciéndome de que es un error y en unas horas se solucionará, pero ya me han ocurrido situaciones parecidas antes.

En estos momentos, no tengo ni puñetera idea de cómo podré salir de ésta.

Es que ya me entran ideas de que no quiero salir de ésta.

Porque en el pasado salí de otros duros golpes, y, volver a ello de nuevo, ya me ha cansado.

Estoy harto de que una y otra vez, justo cuando estoy a punto de alcanzar mis objetivos, todo se desmorona como un castillo de naipes.

Quizás es un error y estoy exagerando.

Eso es lo que quiero.

Sin embargo, sin embargo…

Me digo, ten paciencia, en unas horas todo volverá a la ‘normalidad’.

En situaciones anteriores nunca pasó, lo perdí todo sin posibilidad de recuperarlo.

Claro, no tengo otra, tengo que seguir respirando, por mis hijos.

Pero, en este momento, este golpe sería como la estocada, la (pen)última estocada.

 

Estoy escribiendo para desahogarme, quizás no sea nada, quizás no sea nada…

Me digo, tengo que escribir más, sólo para escribir, casi como terapia.

 

En esta ocasión, tal como está el mundo… quien sobreviva… el último que cierre la puerta.

Aventuras en el ayer II

Pero antes de aquel invierno hubo un septiembre, un inicio de curso de aquel primero de E.G.B., marcado por un incidente, también impensable hoy en día que, por ello, lo diferencia totalmente de la actualidad en la que escribo.

Eran otros tiempos, y los viejos maestros procedentes de la dictadura pasados a la dictablanda todavía actuaban como los dioses de la clase. Y es que hoy en día hubieran enviado al viejo profesor a prisión por lo que pasó.

Mis recuerdos son vagos en los detalles, al haber pasado tan largo tiempo desde que ocurrió, pero a grandes rasgos, ocurrió así:

Estábamos los cuarenta alumnos en clase por la mañana y el viejo profesor nos ordenó que por la tarde trajésemos uno de los libros escolares, creo que el de la materia de naturaleza. Por aquel entonces llevábamos las carteras llenas de libros y libretas, y en cada viaje transportábamos los libros y libretas de las materias que tocaban en cada momento. Por la mañana, los libros y libretas para las clases de la mañana. Por la tarde, después de comer, los libros y libretas para las clases de la tarde.

Pues resulta que otros compañeros y yo nos olvidamos el dichoso libro que el viejo enseñante nos había mandado llevar, y el dichoso hombre nos expulsó de clase hasta que volviéramos con el dichosísimo libro. Como se lee, de repente, unos cuantos niños de seis años estábamos fuera de clase en horario escolar para ir cada uno a nuestra casa en busca del libro pertinente.

Si no recuerdo mal, por suerte, la madre de una compañera me acompañó a mi casa a recoger el libro, y volvimos luego a clase. La verdad, no recuerdo la actitud de mi madre al volver de clase a esas horas intempestivas, pero supongo que su cara de sorpresa fue mayúscula.

Está claro que en esos tiempos los niños eran meros ceros a la izquierda y nadie se preocupaba de sus reacciones. No sé si eso es malo o es bueno, era la forma de actuar de otra época que ahora parece lejanísima. En esta época en la que narro estos acontecimientos, pasada mi mediana edad, ningún profesor de primaria se atrevería a tener la actitud, mejor dicho, los huevos, de lanzar a niños de seis años a la calle para volver a sus casas a buscar un libro. Vamos, que este profesor hoy en día sería expulsado de su trabajo, y recibiría unas cuantas implacables demandas por parte de los padres de los niños.

Sin embargo, así ocurrió entonces y así lo cuento ahora. Ningún niño tuvo problemas, los padres lo aceptaron como una lección para sus hijos, y todo pasó como una mera anécdota sin la más mínima importancia, porque nunca más oí nada sobre ella, y sólo la puedo describir desde un recuerdo borroso que quedó en mi memoria.

Vaya que sí eran otros tiempos, aquel 1979.

He llegado hasta aquí

Hubo un tiempo en que temía el “efecto Van Gogh“, es decir, crear una obra pero que nadie se enterase de ella mientras viviera.

Pero llegó internet, y aunque tardé seis años o así en conectarme, desde el primer momento me di cuenta de que era un sistema de comunicación excelente para los individuos que se aíslan fácilmente como yo.

En este momento, ya puedo constatar que superé mis más salvajes sueños de mi adolescencia y niñez, que no eran tampoco muy exagerados…

En lo personal, una mujer me atrapó – literalmente – y tuvimos dos hijos preciosos y sanos.

En lo creativo, mis vídeos han sido vistos más de siete millones de veces y miles de lectores han leído mis escritos y libros y, encima, he ganado algo de dinero con ello.

Por lo tanto, cada día que abro los ojos y veo que es una nueva mañana, es para mí un bonus.

Sin embargo, de vez en cuando caigo en el desánimo porque noto que mi potencial es ilimitado pero, de alguna forma, no logro desarrollarlo como podría.

Es como la historia de aquel hombre que compró un terreno con el propósito de descubrir una beta de oro. Cavó y cavó durante años, pero al final se cansó y acabó por vender el terreno. Y, entonces, el nuevo propietario descubrió la beta de oro en tan solo una semana, porque estaba a pocos centímetros de donde el primer hombre había dejado de cavar.

Sí, muchas veces tengo ganas de rendirme, al fin y al cabo, alcancé mis metas básicas, pero siempre me retrae pensar que mi beta de oro podría estar a pocos centímetros.

Dejarlo ahora sería menospreciar mis esfuerzos acumulados de tantos y tantos años. Tantos fracasos y tantos sinsabores.

No sé; hasta aquí he llegado, y es mucho, pero ¿hasta dónde llegaré?

Ni idea.

Esa curiosidad es la que me impulsa a disfrutar de estas épocas de desánimo para continuar después.

Aventuras en el ayer I

Las aventuras…

Antes de que la neblina del olvido profundo y eterno borre mis recuerdos, quisiera que mi mente retrocediera a aquel invierno de 1979, año según el calendario occidental impuesto. 

Coloquémonos en el interior de un ala del edificio principal del Parque de La Marquesa, en el barrio de Collblanch, acabado en ch – como se escribía antes – en la ciudad de Hospitalet de Llobregat – como se escribía antes de su recatalanización. 

Un ala del edificio que fue derribada hace unos años atrás, pero que en aquel entonces era la clase de primero de E.G.B. – Enseñanza General Básica lo llamaban – del colegio Eugenio D’Ors, en la que cuarenta niños de seis años se hacinaban para recibir las enseñanzas de un viejo profesor a punto de jubilarse que fumaba en puro entre lección y lección. 

Esta situación se consideraría hoy en día inconcebible, pero, en aquella época, la vida humana todavía no había sido destruída por los benefactores actuales de la Humanidad.

Encuentro que mis recuerdos no respetan un orden cronológico, así que iré contando las escenas en el orden tal como me aparezcan en la memoria. 

Y las historias que mi memoria haya omitido por esas cuestiones del olvido, pues, quedarán vacantes.

La idea es plasmar en letras un relato que muestre cómo era la vida por aquel entonces, vista desde mis propios ojos de un niño, filtrada por la esencia de mi ser.

¿Es un principio para continuarlo?

Esa estúpida envidia de los mediocres

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Entiendo perfectamente lo que explica este artículo de El País sobre cómo la gente se esfuerza por no destacar por culpa de la envidia de los demás…

http://elpais.com/elpais/2013/05/17/eps/1368793042_628150.html

Porque yo he “sufrido” la envidia desde niño, tanto que a los 20 años deicidí no formar parte de esta sociedad. Durante años casi no salí de casa, y me dediqué a escribir mi obra poética y a dibujar.

Luego, a los 27 me vi forzado a buscar ingresos y tuve mi primer “trabajo”.

Pero sigo destacando sin pretenderlo en lo que hago, sea lo que sea. Y sigo recibiendo ataques de envidiosos.

Pero ahora ya he madurado, y no me importa lo más mínimo porque estoy muy bien conmigo mismo. Igual que me da igual que se me tilde de “soberbio”, “orgulloso”, “con ego”, etc.

Hago mi camino y a quien no le guste, no es mi problema. No estoy para esperarme por la mediocridad de los demás.

Así de claro, y lo dejo aquí escrito en público. Que se lo apunten mis biógrafos 😈