Mi cucurucho de helado gigante casi anual

Mi cucurucho de vainilla y avellana

Este año he vuelto con mis hijos a la heladería de los cucuruchos gigantes en Barcelona. Solemos ir una vez al año y coincide con los años que puedo permitírmelo.

Así que este año me han ido bien las cosas. Nunca estoy seguro de que al año siguiente pueda repetirlo.

Lo más divertido son la miradas de la gente que nos cruzamos, casi todos turistas, mientras saboreamos las bolas de helado caminando.

¡Y cómo de pringosa que ha quedado mi mano!

Que ha estado muy bueno y ha sido nuestra comida – almuerzo – de hoy. Es un pequeño lujo que aprecio muchísimo, esas pequeñas cosas que tiene esta vida.

Pues veamos qué pasa este año.

Estas cosas no hay que decirlas porque quedan mal

Gracias al ‘agujero en la mátrix’ que me ha permitido fabricar divisas fiduciarias de la nada como si fuera un banco central, este último año he pasado de la clase subterránea a la clase baja y he logrado superar esta crisis inducida del virus chino de fábula, sin casi ni tener que esforzarme. Sin duda, ha sido uno de los mejores años de mi vida.

Por supuesto, pronto se me acabará el chollo, porque no puede ser de otra manera, y caeré de nuevo a la clase subterránea y volverán mis problemas habituales, incluso peores y definitivos, pero como se dice, que me quiten lo bailao.

He logrado ser un vago y un hikikomori financiándome a mí mismo, con mis propias reservas basadas en la especulación, sin parasitar a nadie ni depender de papá estado. Porque sí se puede.

Ha sido como un experimento que ha salido bien. ¿Cómo lo he hecho? Todavía no es el momento de entrar en detalles.

Sólo quería dejarlo escrito para constatar este hecho y vanagloriarme. Los que me odian, que sufran.

Retirada estratégica

Llevo ya dos meses sin publicar un nuevo vídeo en mi canal de youtube. En realidad, no pasa nada, ésa es la idea.

No, youtube no me ha cerrado el canal. No, no tengo esa suerte que tienen muchos de haber sido ‘censurado’ directamente, aunque la desmonetización, la caída de subscriptores y el ocultamiento de mis vídeos es una forma de censura encubierta.

Más que nada, lo que me ha hartado han sido los últimos cambios en las reglas del contenido de youtube, ¿qué es eso de que no se puede hablar del tongo del robo de las elecciones de EEUU y del ataque del virus chino? La gota que colmó mi vaso.

Ya, ya sé que algunos se han alegrado de mi ‘desaparición’, porque que desaparezca la competencia siempre alegra a los codiciosos, y sé que para la mayoría ni les importa porque nunca supieron ni que existía. En fin, que ,aunque no lo parezca a veces, conozco perfectamente mi sitio.

Y tampoco me han suspendido mis cuentas ni de twitter ni de facebook ni de instagram. Lamentablemente, no puedo ir por ahí llorando con satisfacción para aprovecharme del victimismo imperante, y así lograr más seguidores porque me eliminaron por ‘contar la verdad’, como hacen otros. He dejado de usarlas por la misma razón que youtube.

Sé que estos ‘sacrificios’ no suelen servir para nada. Porque el mundo sigue girando y quien desaparece es olvidado al instante, en esta red de redes. Y sé también que mi ‘legado’ de estos pasados años también quedará en el olvido substituidos por la novedad más nueva y novedosa. Las cosas como son.

Pese a todo, no vuelvo al punto de partida, porque toda la experiencia que he recopilado todos estos años ahí está, aunque no se vea. El lugar en el que estoy es bastante elevado y, aunque me haya detenido por un tiempo, no pienso dejar atrás todo lo bueno que he conseguido. Ésa es la base en la que me apoyo.

En estos momentos ni leo los comentarios en mi canal de telegram, así que puede ser tomado por los desaprensivos sin mi administración controladora. Cada cual es libre de actuar según sus planes y aprovecharse de la situación, como es normal.

Me he ido. Me he escapado. He huído del ruído diario, de la última gran tontería tan importante que ‘despertará a la Humanidad’. Ya me da igual la última catástrofe globalista que nos esclavizará para siempre.

Sin embargo, no es más que una retirada estratégica. Por un tiempo más voy a liberar mi mente del pasado, y voy a adaptarme a estos nuevos tiempos totalitarios, a esta nueva circunstancia previsible. Y seguiré mi camino por donde vea conveniente.

Y por todo esto es que nunca he querido parecer un gurú, como algunos que pueden venirte a la mente, y en cada etapa he dejado a otros atrás que, supuestamente, han creído que los abandonaba. Nada de eso. Siempre he explicado que cada cual recorre su propio camino y que no hemos hecho más que cruzar nuestros caminos en cada momento. El individuo independiente es lo único posible.

Así que, voy a continuar rellenando palabras en este blog y a imaginar lo que crearé nuevo para el futuro próximo. A veces hay que recular para ver el punto en el que uno se encuentra, retomar fuerzas, y encontrar otros caminos inesperados. Estoy en ello.

Hace mucho mucho tiempo, en un internet muy muy lejano

No sé qué día fue exactamente, pero en algún día de febrero de 2001 fue cuando me conecté por primera vez a internet.

Fue en mi primer trabajo remunerado – sí, un mes antes de cumplir los veintiocho años – y lo primero que vi fueron los bloques o ladrillos de la ya antiquísima conexión directa con la Seguridad Social española. Es que la TGSS (Tesorería General de la Seguridad Social) ni tan siquiera tenía una web para enviar los datos de los seguros sociales. Hoy, todo eso parece como la prehistoria.

La conexión a internet iba mediante un módem de 56kb llamando a un número de teléfono. Y, no fue hasta unos meses después que pude reunir el dinero para comprarme mi propio módem, de la misma velocidad, para tener mi propia conexión. Contraté un servicio de una compañía llamada “Eres Más” que funcionaba de 6 de la tarde a las 6 de la mañana, y ocupaba la línea del teléfono fijo, es decir, o tenía internet o tenía llamadas. Todavía recuerdo el sonido de la llamada y de cuando se lograba conectar. Luego descubrir los ‘splitter‘.

En fin, que la conexión era tan lenta que tenía que configurar el navegador, quizás el Internet Explorer 4 o 5, para que no cargara las imágenes. Y, así, comencé a investigar qué era eso de ‘internet’.

Tengo que añadir que el servicio de Eres Más ofrecía puntos por ver ciertas webs o así, y logré con el tiempo reunir los suficientes que gané, y me enviaron, un DVD de la primera película de “Spider-Man“. Vaya, el ciberespacio podía servir para algo, qué cosas.

Con el tiempo me descargué, e imprimí en papel, manuales del código html, el código base con el que se hacen las webs y comencé a programar páginas por mi mismo. Mi primera web, que creo que la guardé en algún viejo disco, la coloqué en un espacio gratuito que ofrecía por aquel entonces el Ayuntamiento de L’Hospitalet de Llobregat.

Y, estos fueron mis inicios que cambiaron mi vida para siempre. Lo curioso es que unos años antes había escrito un poema en contra de internet, basándome en la desinformación que había visto en la televisión, mi única visión del mundo de entonces. Con internet ya no era sólo el receptor, sino también el emisor, y descubrí que las posibilidades eran infinitas. Sobre todo porque no tenía que pedir permiso a nadie para expresarme como me diera la gana. Y sigo sin hacerlo.

Han pasado 20 años, quién me lo hubiera dicho, y mi conexión en casa ahora vuela a 1 Tb por cable, además del 4G del móvil. Y he logrado independizarme del mundo como antes solamente se podía soñar en los sueños más salvajes. Bueno, en un sentido, porque internet es recíproco y, para seguir independiente, necesito depender que ese mismo mundo vea lo que hago, claro.

Veinte años.

Guau.

Sólo ha sido el principio, claro.

Hasta que los huesos aguanten.

El barrio del que siempre quise huir

El barrio del que siempre quise huir, y lo conseguí. Aunque el barrio en el que pervivo ahora no es mucho mejor.

Crecí en un lugar que siempre odié y del que siempre quise escapar. Y es la razón principal de mi aislacionismo social. Porque su ambiente ha sido siempre tan degradado que nunca quise encontrar ‘amistades’ para mancharme lo menos posible.

Crecí viviendo en mi propio mundo, aprovechando que el piso alquilado por mis padres era un sobreático sin vecinos. Porque, también, en sus calles no había lugar para juegos infantiles. Tenía que irme al barrio de al lado, Collblanch, al parque de la Marquesa, si quería poder tener espacio para jugar con otros niños. O al descampado del Borne, que ya no existe, donde hoy han construido bloques, y está el instituto Margarida Xirgú. Era otra época, claro.

Nunca entendí cómo mis padres, pudiendo vivir en otro lugar, acabaron en ese fatídico lugar, en el que todavía vive mi madre. Para mí fue siempre un hecho incomprensible, y estuve resentido por ello durante toda mi infancia y juventud. Y, aunque logré por fin huir, todavía vuelvo a visitar a mi madre. Es como un círculo vicioso que atrapa sin posibilidad de escape.

Y es de este barrio que procede mi concepto de ‘crónicas subterráneas’, una descripción de la gente que respiramos pero no existimos. De la gente que nunca importamos. Lo que ocurre en ese lugar apenas tiene repercusión fuera.

Y es de este barrio que mis poemas de juventud salieron como salieron. Sin ningún tipo de esperanza ni de salida.

Pero, sin embargo, gracias a mi mujer, en abril de 2004, logré huir. Sin ruído, por la puerta de atrás y sin que (casi) nadie lo supiera. Estuve, pero como si no estuve. A veces miro atrás y miro a mi alrededor, como aliviado, me digo, “este lugar es feo, pero es que, el lugar del que provengo es muchísimo peor”. A veces, me decía, “quisiera tener enemigos para obligarles a vivir ahí”.

En fin, en fin, en fin. Que los recuerdos amargos no sirven de nada recordarlos. Pero marcan la vida, ahí se quedan, sin poder borrarlos.

Ahora, tengo un nuevo objetivo, que es largarme lo antes posible de Cataluña. Pero, pero, pero… No me veo ningún futuro para lograrlo. Justo lo que me sucedía cuando crecía en La Florida, y lo conseguí. Ya veremos esta vez.