La valiosa cotidianidad

Solemos no dar mucha importancia a las cosas que repetimos cada día.

Hay como un ataque contra lo aburrido, parece como si tuviéramos la obligación de estar activos en cada momento.

Pero que nadie me quite lo aburrido y cotidiano.

Porque cuanto más aburrido y cotidiano sea un día, más tranquilo es ese día.

Y no pienso cambiar por nada del mundo la tranquilidad de los días en que no pasa nada.

Esos días predecibles que siempre acaban bien.

Esos días que subimos al autobús a las 08:30 de la mañana, y nos colocamos en los mismos asientos posteriores de siempre.

Que dejo a mis hijos en el colegio a las 08:48.

Que vuelvo a casa a las 09:17 o así.

Y que el resto del día yo marco mi propio horario y mis propios quehaceres.

Y que soy consciente de que para alcanzar este lujo de aburrimiento cotidiano he tenido que luchar un montón.

Porque sé que una gran parte de la población está convencida de que no puede permitirse este lujo.

La verdad, estoy orgulloso de mis privilegios por ser el resultado de romper con todo lo que te dicen que no se puede hacer.

¿Y por qué cuento esto?

Pues porque son los últimos días de mi cotidianidad actual.

Quiera o no quiera, en pocos días se va a romper para siempre.

¡Van a soltar a mis hijos del centro de programación educacional por las “vacaciones“!

Mi mujer ya está en modo pánico.

¡¿Pero qué vamos a hacer con los niños?! – repite una y otra vez.

Mmm… Ni idea, ya se nos ocurrirá algo… – respondo yo.

Y no sólo eso, mi hijo mayor ya no volverá al mismo colegio porque el curso que viene va a acceder a la ESO ¿Enseñanza Superficial Ofuscante?

Tempus fugit, los niños crecen rápidisimamente y nosotros decrecemos casi sin darnos cuenta.

Tendremos que inventarnos una nueva cotidianidad.

Así que, muchas veces no damos la suficiente importancia a nuestra cotidianidad, pero cuando se rompe es cuando nos entra la nostalgia al recordar aquéllos días enormemente aburridos y tranquilos, y, quizás, también, felices.