Cuanto gilipollas suelto

Insultar suele servir para dar pie para que quien se siente aludido te insulte también.

Así es este mundo, según lo que das es lo que recibes, y en cantidades industriales, de la cosa que das.

Pero si hay que decir lo que uno piensa no puede quedarse mudo con miedo a que ofenderá a alguien.

Estamos en la época de la autocensura por el miedo a la respuesta.

Tenemos que entender que hay otras personas que seguramente creerán lo contrario. Está bien, todo el mundo tiene derecho a estar equivocado.

Y tenemos que entender que muchas otras veces llevamos razón y estamos en lo correcto, y se nos ocurren brillantes ideas que no merecen ser calladas.

Pero si permitimos que los parásitos del “marxismo cultural” nos metan miedo, el mundo perderá nuestras brillantes ideas.

Da igual si metemos la pata y nos equivocamos, se supone que somos humanos y cometer errores es parte de nuestra esencia.

Esto no puede continuar así.

Censurar nuestras ideas es un peligro para la Humanidad.

De verdad, me dan lástima los que se autocensuran creyendo que existe un buenismo armonioso artificial.

Lo políticamente correcto es un cáncer para el pensamiento que hay que parar.

La igualdad artificial es más perniciosa que la desigualdad natural.

Y quienes fomentan este estado de cosas, para mí, son meramente unos zombis imbéciles; vaya, una panda de gilipollas que se autoinflingen daño a sí mismos.

Por suerte el imbecilismo y el gilipollismo son enfermedades curables, sólo hace falta que los enfermos se den cuenta de su enfermedad, y la superen.

Ésa es la parte complicada.