Oh, pobres hijos míos

Su padre les ha vuelto a fallar y se han visto obligados a acudir al colegio… ¡Y encima, público!

Sus brillantes mentes infantiles vuelven a estar expuestas a esa barbaridad de lavado de cerebro estatal. Menos mal que en estos casi tres meses de “vacaciones” he podido desprogramarles del curso anterior, pero cada vez es más difícil.

El mayor ya se está cuestionando si voy a poder por fin sacarles de este nocivo sistema educativo, y el pequeño dice que lo único que le gusta es volver a ver a sus amigos. Por mi parte les insisto en que hagan como que hacen caso a lo que les dicen allí, como si fueran actores. Menos mal que el nivel es tan bajo en su escuela que no tienen problemas para sacar notas altas y quitarse de encima a sus profesores.

Pero es un fracaso mío todavía, y eso no puedo negarlo. No tengo más remedio que esforzarme mucho más, y atraer el suficiente dinero a mis manos para comprar nuestra libertad. Todo depende de mí, y sé perfectamente cómo funciona esta sociedad y lo que tengo que hacer.

Mientras lo consigo, que lo haré, seguiré dando todo mi apoyo a mis hijos para educarles de verdad. Rendirme no es una opción porque sus vidas dependen de ello.

Es mi propósito que éste sea ya el último año que esto ocurre.