He escondido la pley a mis hijos

Bueno, ha llegado un momento en el que he tenido que hacerlo.

Mis dos bichejos no hacían más que estar pegados a la pantalla matando bits de información digital a todas horas.

Si les decía que saliéramos a dar una vuelta, ambos se quejaban de que entonces no podrían jugar a la pley.

Si les decía que salieran a jugar al parque, ambos respondían que entonces no podrían jugar a la pley.

Si estábamos comiendo, la única conversación entre ellos era sobre cómo matar al malo éste o aquél de no sé qué videojuego.

Fin.

Se acabó.

Me gustan los videojuegos como a cualquiera, pero he ejercido mi autoridad dictatorial paternal y les he desconectado la pley, y la he escondido en un lugar que no saben.

Ahora no tienen más remedio que leer, jugar con juguetes clásicos, ver películas – también lava-cerebros – de dibujos animados, y salir a que les dé el fresco.

Oh, sí, de vez en cuando me piden con mucho ahínco que les devuelva la pley… Pero me hago el distraído.

¡Mira que soy malvado, jo jo jo!

A mi madre, mis abuelos la castigaban a no oir la radio.

A mí, me castigaban a no ver la tele.

Yo acabo de esconder la pley a mis hijos.

Los tiempos no han cambiado demasiado, sólo los aparatos que atrapan vorazmente a los niños.

Es una lección que vamos a aprender mis hijos y yo.