No sólo tengo que llevar a mis hijos a que les laven el cerebro cada día sino que tengo que regalar divisas por el material, libros de texto (¿alguien ha visto libros sin texto?) y gilipolleces escolares varias.

Y además tengo que correr contra reloj como un siervo por la compra, comida, etc, etc.

¿Quién no ama vivir en la mátrix?

A ver si Olga sale pronto del hospital, porque si no fuera por ella, estaría ya bien lejos de esta subsociedad de atontados.

Escrito desde un autobús de la línea L72.