Gracias a la amabilidad de Francesc que me trajo a casa en coche, pude llegar a casa a las dos y veinte de la madrugada.

Pero la calle estaba más llena que a pleno día porque la plebe los vecinos del barrio en el que vivo están “celebrando” las fiestas de susodicho barrio.

La música estaba tan fuerte en la calle que las paredes del edificio, diseñadas como papel de fumar para la clase baja, vibraban como si la maldita música estuviera dentro.

Otro incentivo más para largarnos de este lugar lo antes posible a la tranquilidad de un lugar perdido que no salga en los mapas.