Cuando alguien dice que lucha por su patria, por su país, por su bandera, yo le preguntaría ¿de verdad?

Quiero decir, ¿de verdad es su patria o su país o su bandera?

¿Se los ha inventado él mismo?

¿Esos colores de su bandera salieron de su propia imaginación?

En realidad ya me imagino cuál sería su reacción ante estas preguntas.

Así que por mi seguridad mejor no se las haría.

Porque alguien que dice que lucha por su país, su patria o su bandera no ejerce su propia mente.

Está ofuscado por la programación establecida.

Hace muchos siglos, la élite tenía que esforzarse en pagar a sus mercenarios para que participara en sus caprichosas guerras.

Pero hace apenas cuatrocientos años comenzaron a darse cuenta de que salía más barato vender la idea de las naciones.

Y no sólo era más barato sino casi gratis.

Imagina las posibilidades: ejércitos de miles de personas que se matan entre ellos por una mera idea, por un mero concepto.

La élite se frotó las manos y comenzaron a repartirse el pastel territorial.

Crearon las diferencias artificiales necesarias para justificar que quien no fuera como ellos sería el enemigo.

Dichas diferencias podrían ser de idioma, religión, raza, lugar de nacimiento… lo que fuera conveniente.

Luego mediante la programación llamada «educación» se las inculcaron a la población desde la más tierna infancia.

Haciéndoles entender que no existe otra forma de ver este mundo más que la explicada por ellos.

Hay que reconocerles su maestría en el arte de la manipulación psicológica.

Y así llegó el siglo XX en el que consiguieron ensimismar a millones y llevarlos a su muerte en masa.

Y así llegamos al momento actual en el que todavía hay quienes gritan eso de «Patria o muerte, ¡venceremos!»

O cosas como «Todo por la patria».

Es una verdadera pena encontrarnos con mentes desperdiciadas de esta manera.

Imagina el potencial para la Humanidad si todas estas millones de personas recobraran sus mentes y fueran libres para imaginar otro tipo de mundo…

Eso es justo lo que no quiere la élite.

Ya les está bien la miseria de esta sociedad.

Pero algo ha ocurrido, y su fraude ha sido descubierto.

Es el momento de dar la vuelta a la tortilla.