Los malos siempre ganan.

Qué le vamos a hacer.

El asesino siempre vive un día más para imponer su voluntad.

El muerto, no.

Pero no es sólo entre los humanos.

También entre los dioses.

Tomemos de ejemplo la historia de los hermanastros y príncipes anunnakis, Enki y Enlil.

Enki era llamado el señor de la Tierra porque defendía a los humanos.

Al fin y al cabo, se dice que los había creado genéticamente.

En cambio, Enlil era todo lo contrario.

Odiaba la creación de su hermano, o sea, a los humanos.

Y no pudo ser de otra manera, hubo una guerra entre ambos.

Muchos afirman que fue una guerra nuclear.

Al final, Enlil se impuso a su hermanastro y lo expulsó.

Luego, Enlil desprestigió a Enki ante los humanos, y lo llamó Satanás, con historias del infierno y esas cosas.

También se encargó de corromper a la Sociedad de la Serpiente, que era el grupo creado por Enki para mantener el conocimiento entre los humanos, cuyo símbolo todavía nos encontramos hoy en el logo de los médicos.

Y para finalizar su venganza, Enlil se hizo llamar Yahvé para que los humanos lo adoraran.

Es por eso que Yahvé se muestra como vengativo, y juega con la voluntad de los humanos, en las antiguas escrituras religiosas.

Y así hemos llegado hasta nuestros días, en donde el mal absoluto campa a sus anchas.

Por eso los romanos no eran nada ilusos cuando afirmaban: “vii pacem, para bellum”, o “si quieres la paz, prepárate para la guerra”.

En un mundo de “cascos de paz”, “inteligencia militar” o “ministerios de defensa”, ¿qué podemos esperar?

Pues que el lobo “cuide” de las gallinas.