Lo cierto es que las redes sociales se han convertido en prisiones.

Su principal objetivo es usar a sus usuarios como carne de beneficio.

Cosa nada nueva y muy normal en esta cultura de la rapiña.

Hay una historia, que no sé si es cierta o no, pero que lo ejemplifica perfectamente.

Hubo una vez un comerciante de Nueva York que cuando oyó la noticia del descubrimiento de oro en Yukon, lo dejó todo y se marchó rápidamente hacia allí.

Y cuando llegó, ¿qué hizo?

¿Se puso a buscar oro como el resto?

No.

Abrió una tienda de venta de picos y palas y provisiones.

Y al final, ¿quién se hizo rico?

¿Los buscadores de oro o el comerciante?

El comerciante, por supuesto.

Y por supuesto, muchos esbozarán una sonrisa pensando que bien por el comerciante porque fue más “listo” que los demás.

A eso se le llama inteligencia hoy en día, a aprovecharse de los demás.

Pues así son las cosas.

En el mundo de las redes sociales no son los trabajadores, los creadores de contenidos, los que se benefician, sino las empresas que los usan en su beneficio.

Y no sólo eso, sino que estas redes actúan como unos captadores voraces de datos que con sus ficheros de recopilación de datos o cookies incluso se dedican a captar información fuera de su entorno natural.

No creo que haya que ser muy listo para darse cuenta de que no vamos en buena dirección.